Opinión | El procés, por Imanol Itokún
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Opinión | El procés, por Imanol Itokún

Incapaz de dormir, me levanto en mitad de la noche a beber un poco de agua y cuando vuelvo al cuarto mi cama la ocupa una cucaracha gigante, del tamaño de una persona, que me mira con una expresión de resignación y hastío que me resulta muy familiar porque es la mía. Es un sueño recurrente que aparece para perturbar mi tranquilidad sobre todo en otoño, cuando el tiempo deja de avanzar al galope, la rutina se adueña de los días y vuelvo a sentir el retraimiento del espíritu, el letargo. Ya lo estoy esperando. La culpa es de Kafka y de quien quiera que me mandara leer su “Metamorfosis” con quince años. Esta vez, cuando llegue no me quedará más remedio que odiar al escritor austrohúngaro porque casi un siglo después de su fallecimiento ya lo habrá invadido todo; hace meses que no se habla de otra cosa que no sea su otra obra más conocida: “El proceso”, y más concretamente de su traducción a la lengua catalana, mundialmente conocida como “El procés”.

Pero la invasión kafkiana no se reduce a la tierra de los calçots y el pa amb tomàquet, es un fenómeno más amplio, de hecho, hay otro proceso abierto que está pasando mucho más desapercibido, porque con la repercusión del catalán no se puede competir, aunque este se está produciendo en la misma puerta de nuestra casa. Me refiero al evidente proceso de acercamiento social y paulatina modernización en el que se encuentra inmerso el CA Osasuna. Con sus aciertos y sus errores, la junta directiva presidida por Sabalza está introduciendo poco a poco al club de la capital navarra en el siglo XXI. Habrá quien piense que ya era hora, que no hay nada excepcional en ir adaptando al club a los tiempos que corren, y no le faltará razón, pero lo ordinario ha sido hasta ahora extraordinario, por lo que hay que reconocer y aplaudir el cambio de rumbo sin dejar de exigir que se sigan dando pasos en esta dirección.

Por un lado, el acercamiento de Osasuna como institución hacia los movimientos sociales es ya una realidad palpable. La celebración el pasado 16 de septiembre del Día del Osasunista-Osasunazalearen eguna impulsada por la plataforma de socios Sadar Bizirik apoyada pública y notoriamente por el club, en el que se rindió homenaje, nombre de calle incluido, a Eladio Cilveti, socio fundador fusilado por el bando nacional en 1937 (memoria histórica y reconocimiento) es uno de los ejemplos más claros de ello, pero los gestos, de mayor o menor calado, son constantes. Ahí está la creación del campus inclusivo para alumnos con discapacidad intelectual (inclusión social), la cesión gratuita del espacio publicitario de la camiseta rojilla en el partido contra el Real Madrid para la promoción de la película “Lo que de verdad importa” (cáncer infantil), el brazalete arcoíris contra la homofobia utilizado en el partido frente al FC Barcelona (apoyo al colectivo LGTBI), el uso de camisetas con los apellidos maternos y el símbolo femenino en el Día Internacional de la Mujer o la retirada de una etiqueta con claro sesgo machista de una bufanda en la tienda del equipo (feminismo), el compromiso firme e incluso estatutario de fomentar el bilingüismo (normalización del euskera), la utilización de El Sadar como terreno de juego del primer equipo femenino en un partido oficial por primera vez en la historia (apuesta fútbol femenino)… son un buen puñado de causas de las que merecen la pena de verdad. Aún queda mucho por hacer pero este es el camino a seguir. Por lo tanto, si hay elecciones, y este ya no parece un escenario imposible, convendría arrancar el compromiso de los posibles contendientes para que se continúe con esta línea. No se me ocurren demasiadas cosas -acaso ninguna- que puedan hacer que un aficionado se sienta más orgulloso de su club a que este muestre la voluntad y el compromiso real de hacer cuanto esté en su mano para construir una sociedad mejor. Por no hablar de que es una forma preciosa de hacer historia; pocos sabrán cuantos títulos alzó al cielo aquel Corinthians de Sócrates pero nadie que haya escuchado su historia habrá podido olvidar el ejemplo y la repercusión de la Democracia Corinthiana.

Por otro lado, respecto a los esfuerzos para la modernización del club, da la sensación de que existe voluntad (con alguna excepción) pero se avanza a un ritmo lento, mucho más lento del necesario en algunos ámbitos, por lo que se está aún muy lejos de lo que se debiera. Una de las mejoras más notables tiene que ver con la hasta hace bien poco inimaginable cercanía con el socio liderada por el directivo Alfonso Ramírez, siempre dispuesto a dar explicaciones y aclarar cualquier duda incluso vía Twitter. Y en este aspecto, el de la comunicación, también cabe destacar la figura del actual defensor del socio, Ángel Etxeberria (su elección no es mérito de la directiva sino de la asamblea), así como el envío vía email de la revista Osasunistas, el nuevo diseño de la web oficial o la calidad (que no cantidad) del material audiovisual que se genera. El acierto o la conveniencia de lo pueda decir el presidente cuando se le pone una alcachofa delante ya es otro cantar. En cuanto al marketing, ha habido alguna novedad pero el potencial es tan grande, se pueden hacer tantísimas cosas y se han hecho tan pocas que da hasta un poco de rabia; el aspecto comercial está tan verde que si lo coge Braulio no le da dorsal ni del Promesas. En el apartado del debe no puede faltar la transparencia, seguramente el mayor lunar de una directiva que parece consciente de ello, ya que ha puesto todo su esfuerzo e imaginación en tratar de solventarlo o al menos disimularlo: la reciente publicación de la memoria oficial del club así como los innovadores Osasuna Responde dan buena muestra de ello. Sin embargo, la mancha es demasiado grande; la bochornosa destitución de Martín, el asunto de los pagos a Vasiljevic y las poco convincentes explicaciones posteriores, además de todo lo relacionado con la opaca figura de Fran Canal y el sorprendente interés del club en que este acumule cada vez más poder constituyen una mochila demasiado pesada como para que la afición la deje olvidada por ahí, en el sótano de la memoria. Y si hablamos de necesidades urgentes en el campo de la modernización dos cuestiones me parecen prioritarias: revisar el actual sistema de elección de socios compromisarios, que lejos de proteger al club de posibles caciquismos los posibilita, e implantar un nuevo sistema de reparto de abonos y entradas, sobre todo pensando en las ocasiones en las que estás últimas tienen más pretendientes que un bote de laca en un vestuario de Primera División, con el fin de evitar la vergonzosa pero habitual imagen de aficionados pasando la noche al abrigo del frío hormigón de El Sadar.

Algo curioso de la llegada de este particular procés es que ahora mismo coincide en el tiempo con el proyecto deportivo que menos apuesta por la cantera desde los infaustos tiempos de Javi Gracia. Como si se hubiera decidido abrazar las causas justas y olvidar la propia. Osasuna corre el riesgo de seguir el hilo argumental de esas películas regulares en las que el protagonista se adjudica el papel de salvador el mundo y los damnificados de esa decisión acaban siendo sus propios hijos, que cuando sean adultos tendrán que lidiar con las consecuencias de haber crecido jugando a béisbol mirando de reojo a la grada y no viendo a su padre. Y en esta vida se puede ser casi cualquier cosa menos algo que se parezca a un personaje de telefilm de sobremesa de domingo. Braulio Vázquez, que ha realizado 11 fichajes para la primera plantilla, y Diego Martínez, que tan solo cuenta con Oier y Roberto Torres como canteranos titulares, hacen de su capa un sayo; O la directiva no ha sido suficientemente clara con ellos respecto a algo tan relevante como el proyecto o entre lo que se les pidió no se incluía la apuesta por la cantera del club, y por lo tanto Tajonar 2017 no es más que una quimera, papel mojado.

El asunto es preocupante porque de continuar con esta deriva, el proceso de maduración y asentamiento de algunos de los mejores canteranos se pospondría corriendo el riesgo de no llegar a materializarse jamás. Y aquí no se trata de poner cuotas de mínimos o de cerrar las puertas a jugadores de fuera como desliza revanchista la contra del Movimiento Popular Taliboina, no, se trata de que se haga una apuesta real por la cantera, respaldada no solo con palabras sino también con hechos: minutos de juego, tangibles sobre los que los chavales puedan cimentar y desarrollar la confianza necesaria en sí mismos, tan imprescindible en este deporte. Y no es una cuestión de dejarse llevar por un romanticismo banal -igual un poco sí- ni tan siquiera por cumplir con algo tan necesario de respetar como la filosofía del club -aunque también- sino de ser pragmáticos. En primer lugar porque es lo que la historia nos ha enseñado una y otra vez que funciona: en cada ocasión en la que el club se ha desviado del camino pensando que podía prescindir de los canteranos, antes o después ha tenido que volver a él como el perro de Calamaro, que aprendió a ladrar y a volver al hogar para poder comer. Y en segundo lugar porque hace tan poco que tuvimos que recordar está lección que en la actual plantilla todavía quedan ocho canteranos de los que hace poco más de un año participaron en el ascenso del equipo a Primera División. Es decir, dentro de ese grupo de futbolistas hay ocho que además de estar cumpliendo el sueño de jugar profesionalmente en el equipo en el que han crecido, el de su tierra, tienen experiencia reciente en disputar la categoría y también en triunfar en ella. Gente contrastadamente capacitada que merece un protagonismo mayor del que ha tenido hasta la fecha.

La cantera no puede ser únicamente red de salvación para cuando todo lo demás falla porque se corre el riesgo de que algún a día cuando se la necesite no esté. Independientemente de la marcha deportiva del primer equipo, no se me ocurre una derrota mayor que la que pudiera llegar si los chavales de los equipos inferiores, los de los clubes convenidos y los de toda la región pierden la fe y la ilusión por llegar arriba, por asomar la cabeza. Si interiorizan que Osasuna es un equipo en el que no se dan las oportunidades que se merecen, que aun llegando van a estar condenados a un ostracismo prácticamente insalvable, si llega el día en el que sean capaces de soñar que se levantan a beber agua haciendo rabonas con las motas de polvo del pasillo y cuando vuelven al cuarto su cama es un banquillo o un asiento de tribuna en el que ellos mismos comen pipas con expresión de resignación y hastío, la más terrorífica de las “Metamorfosis” se habrá completado.

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