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Opinión Jorge Nagore Osasuna

Alguna cosa entre medio lógicamente también ha hecho bien –no hay casi nadie en esta vida tan torpe como para no hacer algo bien, aunque sea resistir- pero al menos a mí escaso juicio lo mejor con diferencia que ha hecho la última junta directiva de Osasuna con su presidente a la cabeza ha sido nacer y morir. Nacer porque, no hay por qué olvidarlo, solo ellos y nadie más que ellos dieron un paso al frente cuando el club se desangraba sin remisión. Para la historia de Osasuna quedará que hubo un grupo de personas que se animaron a arriesgarse y sostuvieron el esqueleto de la institución en mitad de un vendaval judicial, deportivo, económico y de imagen casi sin parangón en la época moderna. Eso fue así y nunca jamás se les podrá ni negar ni tampoco dejar de agradecer, pero tampoco sin caer en el absurdo de que quienes lo protagonizaron lo recuerden casi constantemente, puesto que aquello que se hace de manera voluntaria no otorga permiso para sacar pecho cada dos por tres. De vez en cuando, bien. Abusar, no. Y, finalmente, morir. Eso también lo han hecho bien, al margen de en qué pueda quedar todo el enrevesado sistema electoral, que para entenderlo hay que dedicar casi un par de años de estudio, con todos sus jaleos de fechas, exigencias, avales, estatutos anteriores, actuales y demás morralla burocrática. Está muy bien que hayan optado por convocar elecciones y que más grupos o tendencias se retraten, que más aficionados puedan demostrar o no si están en condiciones de querer dar el paso. Es un gesto que les honra, en la medida en la que tras dos años y un par de meses de gestión la sucesión de acontecimientos principalmente deportivos pero también económicos, organizativos y comunicativos había conformado una situación francamente tensa y de casi total desconfianza hacia los principales responsables de la peor temporada de Osasuna en su historial en Primera División. Gracias, entonces, también por esto.

Ahora, queda por delante el más que incierto panorama de contemplar qué clase de personas e ideas se presentan para dirigir a un club que es un islote en el fútbol moderno, sin comparación con las otras 3 estructuras –Real Madrid, Barcelona y Athletic- que no son sociedades anónimas sino deportivas y que, por tanto, son, supuestamente, propiedad de sus socios, con directivas que, supuestamente, no reciben mayor recompensa por su tiempo y trabajo que la satisfacción de dirigir la nave y todo lo agradable que en el camino se va encontrando. Una anomalía en el fútbol moderno que es defendida por muchos pero también cuestionada por muchos, entre los que me encuentro, ya que desgraciadamente malas prácticas u otras cuando menos a evitar han sido habituales en las directivas rojillas en los últimos –mínimo- 20 años. Que exista una directiva profesional que al tiempo que avala con su dinero una cantidad desorbitada para los mortales comunes se dedica profesionalmente a trabajar por el club y cobra por ello y da toda clase de explicaciones e información de su labor a los socios considero que es un paso tan necesario como positivo, cuando estamos hablando de clubes que puedan llegar a manejar decenas de millones de euros. Tener un sueldo no le otorga a nadie más confianza, capacidad u honradez, pero no tenerlo creo que deja más puertas abiertas a las suspicacias, a la falta de responsabilidad y, por qué no, a la falta de dedicación diaria que necesita un club de un tamaño ya considerable. Pienso, en resumen, que Osasuna debe abordar la profesionalización de sus directivos, en la manera que se estime más correcta y transparente.

Los retos son muchos y el futuro también dependerá en buena medida –ojalá en poca- de esa sanción pendiente por no hacer frente a las obligaciones fiscales hace unos años, un lastre que habrá que confiar que sea el menor posible y que permita al club iniciar su trayecto en Segunda sin la agonía que supuso el descenso en 2014 y sí con un mando claro, un proyecto concreto y un compromiso inviolable de manejar a Osasuna lejos por completo de los chanchullos, la improvisación y el oscurantismo. Sin ninguna duda, Sabalza y su Junta han pagado no ya solo sus claros y evidentes errores sino también y claramente el alto nivel de exigencia que impuso la afición tras el bombazo de conocer cómo se manejaban las anteriores juntas, un varapalo moral enorme que ha elevado el listón para todo aquel que quiera encaramarse a lo más alto del barco para guiarlo. Solo espero que quienes finalmente se hagan con él, con sus errores y aciertos, jamás olviden ya que esta afición merece una gestión impecable, transparente hasta el extremo y sin ataduras de ninguna clase más que con su grada.

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