Osasuna afrontaba los octavos de final de la Copa del Rey ante la Real Sociedad en un contexto complejo y, sobre todo, lleno de matices. Para la afición rojilla, el partido era ilusionante. Mucho. Una eliminatoria a partido único, un derbi en Anoeta y la posibilidad de seguir avanzando en una competición que siempre despierta emociones especiales en Pamplona. Nadie en la grada entendía el encuentro como algo menor.
Desde el club —y especialmente desde el banquillo— también se quiso transmitir esa idea. Alessio Lisci insistió en la previa en que era un partido “muy importante”. Y lo era. Pero, al mismo tiempo, a nadie se le escapa que la prioridad real está en la Liga. En la clasificación. En una situación delicada que condiciona absolutamente todo. El discurso oficial iba por un lado; la realidad competitiva, por otro.
De hecho, una eliminación sin excesivo ruido en Anoeta probablemente habría pasado sin grandes consecuencias para la figura del entrenador, hoy claramente cuestionado. Pero el fútbol tiene estas cosas: caprichos, relatos que se escriben solos y giran en cuestión de minutos. Y Osasuna decidió convertir lo que podía haber sido un trámite discreto en un auténtico caramelo envenenado que dejó a Lisci desnudo desde el punto de vista táctico.
Osasuna empezó de manera brillante. Con personalidad, con ambición y con una eficacia inesperada. Tanto que se colocó 0-2 en el marcador. Un inicio que nadie había previsto y que transformó por completo el partido. Lo que podía haber sido una derrota asumible pasó a ser un escenario comprometido. Porque ese 0-2 obligó a gestionar, a proteger una ventaja, a resistir en un campo exigente. Y ahí, de nuevo, el equipo se perdió.
Osasuna no supo defender el resultado. Pero no solo eso: terminó entregándolo. Encajó el empate en el descuento del tiempo reglamentario y cayó en la tanda de penaltis. Un desenlace doloroso, sí, pero también profundamente revelador. Porque volvió a quedar al descubierto uno de los grandes males de este equipo: las segundas partes. La incapacidad para sostener los partidos cuando el contexto se vuelve adverso.
A ello se sumaron decisiones que aumentaron la sensación de desconcierto. Los cambios no mejoraron al equipo; al contrario, lo debilitaron. La Real Sociedad fue acumulando ocasiones —más de treinta disparos— y el empate parecía cuestión de tiempo. Que solo entraran dos goles fue casi una anomalía estadística. Osasuna sufrió como visitante una vez más, confirmando una realidad preocupante: es el peor equipo a domicilio de Europa, con solo dos puntos sumados lejos de El Sadar.
Por si fuera poco, tras el partido llegó otro detalle que no pasó desapercibido. En rueda de prensa, Lisci decidió poner el foco en el arbitraje. Un mal momento. Muy mal momento. Cuando te han sometido, cuando te han disparado más de treinta veces y cuando el problema parece estructural, hablar de errores arbitrales suena a excusa. Y en un contexto de duda, ese tipo de mensajes no ayudan.
Por eso este partido pesa tanto. Porque lo cambia todo. Porque lo que podía haber sido una eliminación sin ruido se convierte en un punto de inflexión incómodo. Anoeta deja una sensación de oportunidad perdida, de fragilidad expuesta y de un entrenador cada vez más señalado.
Ahora llega el sábado. Visita El Sadar el Real Oviedo, colista de la Liga. Y aquí ya no hay matices ni discursos posibles: casi solo vale ganar. No hacerlo, o hacerlo sin convencer, sería añadir más gasolina a un fuego que ya arde con fuerza.
Qué cosas tiene el fútbol. Relatos que cambian en minutos. Partidos que no parecían decisivos y terminan marcándolo todo. El 0-2 inicial de Anoeta fue un regalo envenenado. Y ahora, tras él, Osasuna camina entre la incertidumbre y la obligación. El margen se estrecha. Y el tiempo, también.
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